“Dijo que me violaba para que llegara a la iluminación”
El relato de un joven que denunció al “Maestro Amor”
Por: Alejandro Marinelli
Pasaron apenas unos minutos desde que le tomaron declaración testimonial. El fiscal y la abogada defensora lo estuvieron interrogando durante más de una hora. A pesar de esto, llega a un hotel del centro de Catamarca en su moto, con el casco puesto y un cuello de polar que le tapa media cara. Federico ya cumplió 25 años, es alto y de rasgos aindiados, lleva el pelo corto y no tiene problemas para hablar. Al subir el ascensor rumbo al primer piso, pregunta: “¿Ricardo todavía seguía en los Tribunales cuando se vinieron?”.
Ricardo es Ricardo Jorge Ocampo, el líder espiritual al que llaman “Maestro Amor” y que minutos antes se negó a ser indagado por la Justicia. El hombre encabeza una comunidad religiosa ubicada en medio de las montañas de Catamarca. En esa provincia enfrenta una causa por “aprovechamiento de inmadurez sexual” contra un joven que ahora tiene 21 años, por la que estuvo preso y luego fue excarcelado. Tras esa liberación apareció Federico, que lo denunció por haber abusado de él hace 11 años. “Me dijo que me violaba para que llegara a la iluminación”, relató. Su acusación devolvió al “Maestro Amor” a la cárcel, donde se encuentra ahora.
-¿Qué declaraste?
-Lo mismo que dije en mi denuncia. Cuando yo tenía 14 años, en 1998, Ricardo nos daba clases de kung fú a mí y a otros chicos, en mi casa. Mis padres eran sus seguidores y por eso él nos frecuentaba mucho. Mis compañeros eran una chica de 16 y un chico de 15. Las primeras dos clases fueron de artes marciales, pero después las cosas cambiaron. El comenzó a subir la música para que mi mamá no escuchara lo que iba a hacer.
-¿Qué fue lo que pasó en esa tercera clase?
-Se sacó el kimono y se quedó sólo con el pantalón de gimnasia. Nos dijo que confiáramos en él. A la chica le dijo que le hiciera sexo oral y ella tuvo que hacerlo. A la clase siguiente, volvió a subir la música y llamó al chico. “Venga, discípulo”, le dijo. Allí, él fue quien le practicó sexo oral y luego lo penetró.
-¿Y cuándo fue el abuso que denunciaste ahora?
-En la quinta clase. Ahí me llamó a mí. Le pregunté por qué lo hacía y me dijo: “Para que llegues más rápido a la iluminación”. Estaba asustado, por eso accedí a hacerle sexo oral. Luego de eso, él me lo hizo a mí.
-Hoy, que tuviste que hablar de nuevo de eso, ¿cómo te sentiste?
-Aliviado y contento por haberlo soltado. Hacía tiempo que lo estaba guardando.
-¿Por qué decidiste hacer la denuncia ahora?
-Fue cuando escuché que en el caso de Catamarca (ver La otra causa…) se decía que las relaciones entre Ricardo y el chico se habían realizado con consentimiento del pibe. ¿De qué consentimiento me hablan, si tenés 14 años y no entendés nada de lo que está pasando? Fue entonces que me subí a mi moto y me fui por la ruta hasta Catamarca para contar todo.
Suena su celular. Del otro lado hablan los periodistas de un canal de tevé de Buenos Aires que lo quieren entrevistar. Responde que no hay problema, que vayan a verlo. Corta y mete el aparato en el bolsillo de una campera de nailon Nike trucha, de las que se ven en la feria de La Salada.
“Es cansador hablar de esto. Te cansa sobre todo la cabeza, no tanto el cuerpo. Pero mejor lo hago todo hoy, así me lo saco de encima”, dice. No hay otra pregunta, pero él solo vuelve a hablar del tema. “Gracias a Dios que está preso. Estoy contento porque lo metieron con presos comunes. Quiero que pague por eso, porque yo sufrí mucho. Mucho tiempo pensé que yo tenía la culpa y que era homosexual. Ahora que tengo novia me doy cuenta de que no es así”.
Pide que no le saquen fotos de frente, que no quiere que lo identifiquen, porque los seguidores de Ocampo ya lo amenazaron. “Ellos son todos buena gente, yo eso lo sé, pero él los envuelve con la labia que tiene. Si yo estuviera con ellos, tampoco le creería a alguien como yo que lo denuncia”.
-Por ahora la causa sólo esta basada en tu denuncia. ¿Les vas a pedir a los otros chicos que testifiquen también?
-Yo sé dónde vivían, pero desde entonces no los vi más. Hay que ver si ahora los encuentran.
-¿Cómo se enteraron tus papás de lo que pasó?
-Por la radio, cuando hice la denuncia, como mucha gente.
-¿No les habías contado? Ellos lo conocían a Ocampo tanto como vos, para ellos debe de haber sido una sorpresa enorme…
¿Sí, pero mi papá ya algo sabía de él porque un día lo encontró en mi casa durmiendo con otro hombre y los echó a los dos.
-¿Y no te surgió decírselo ahí?
-No, era muy chico.
-¿Y ahora qué te dicen?
-Que soy muy valiente porque hay gente que nunca en la vida se anima a hablar.
Similitudes
Rolando Barbano
La investigación judicial contra el “Maestro Amor” tiene ciertos puntos en común con aquella que terminó en condena contra el padre Grassi. En aquel caso, como en este, fieles y seguidores defendieron su inocencia en base a su personalidad y a su obra espiritual, y hablaron de una “campaña sucia”. Sin embargo, lo que se juzga no es la trayectoria del acusado, sino lo que pudo haber hecho. Y cuesta creer que un joven pague el costo de hablar de un abuso que no sufrió sólo para participar de una “campaña”.
Perfil
Ricardo Ocampo
Ricardo Jorge Ocampo, el “Maestro Amor”, nació en La Rioja hace 35 años. Era conocido desde chico como un niño sanador. Luego de 2001, ya como líder espiritual, consiguió unos terrenos en el kilómetro 556 de la ruta 38, en Catamarca, y allí fundó su comunidad, Meditazen.
Una comunidad integrada por universitarios y profesionales
El primer encuentro de Clarín con integrantes de la comunidad del “Maestro Amor” fue en una casa de Miraflores, un pueblo de una sola calle, en las sierras de Catamarca, muy cerca del límite con La Rioja. Habían explicado por teléfono que, por malas experiencias que tuvieron con la prensa, preferían que la charla no fuera adentro del predio donde viven los seguidores del líder detenido.
En esa primera reunión no había ningún catamarqueño. Sólo estaban un arquitecto llegado desde la Patagonia, una médica endocrinóloga de Palermo, una licenciada en Educación nacida en Capital, una periodista de San Isidro y el director de una escuela de fotografía, de Béccar.
En su mayoría pasan los 50, no visten túnicas ni sandalias. “Llegué escapando de la locura que hay en Buenos Aires. Me robaron dos veces y decidí con mi esposa vender nuestra casa y probar acá”, explica Juan Pablo, el que vino de Béccar.
Durante una charla de cuatro horas, repetirán varias veces que llegaron hasta aquí en una búsqueda espiritual. “Di vueltas por la India, el Macchu Picchu y al final encontré mi lugar”, precisa Alicia, que años atrás fue consejera de la Universidad del Comahue, en Neuquén.
En la serie de preguntas y respuestas, se nota el alto nivel cultural de la mayoría. Por eso llama más la atención cuando llega el momento de hablar de “El Maestro”, como todos llaman a Ricardo Ocampo, ahora preso en La Rioja. “Las cosas que él te dice pueden parecer obvias, pero no lo son. Te impactan de una manera diferente. Lo que él provoca a su alrededor es muy especial. Al principio, a mí me era indiferente. Pensá que era una lectora compulsiva de (Jean Paul) Sartre. Y acá me ves”, explica Romina, ex periodista del portal Terra, de Telefónica.
La sensación tras la charla es más confusa. Cuesta entender la admiración que transmiten por su líder. Ocampo no terminó la primaria, pero cautiva a personas muy formadas. “Imaginate que es algo poderoso lo que él provoca. De otro modo no habría 280 personas que vienen de toda Argentina y otros países”, dirán un día más tarde, en la visita al predio de “Meditazen”, una especie de cámping con cabañas, cocinas, panaderías, huertas, salita de atención médica y un templo donde meditan y hacen artes marciales.
La visita de Clarín al predio fue el jueves a la tarde, horas después de que todos los que allí viven fueran y volvieran a La Rioja para manifestarse en la puerta de los Tribunales, donde debía declarar el “Maestro Amor”. Salvo las tareas de cocina y panadería, el resto de las actividades no son muy concurridas. “Los ánimos hoy no son los mejores”, apunta uno de los encargados del lugar. Los chicos juegan al básquet en un aro del gimnasio y unas nenas ensayan una coreografía. Adentro del templo, cinco personas se sientan en silencio frente a una imagen con telas colgadas. “Es la hora de la meditación”, vuelven a señalar.
Al final del recorrido, se les pregunta si la delicada situación judicial de Ocampo pone en riesgo el futuro de la comunidad. “El es una parte muy importante de lo que aquí sucede, pero tenemos que estar preparados para poder continuar”, afirman.
En Colonia del Valle -donde está “Meditazen”-, los vecinos difieren en sus vínculos con la comunidad. Algunos hablan de un temor inicial, que fue desapareciendo a medida que conocieron a los integrantes. “Era raro ver a algunos que se vestían de blanco. Nos parecían gente diferente a nosotros, pero a medida que fue pasando el tiempo, nos juntamos en los festejos, los invitamos nosotros; también nos hacemos atender por las doctoras que tienen”, aclara Luisa, que vivió toda su vida en el pueblo.
Otro hombre, en la esquina de la plaza de Miraflores -a un kilómetro de la comunidad-, tiene más reparos. “Yo no me les acerco. Sé que han ayudado a gente de la zona, conmigo no se han metido ni bien ni mal”. Cuando se le pregunta su opinión por las acusaciones contra Ocampo, explica: “Hay quienes piensan que le hicieron una cama, como se dice vulgarmente, y otros que creen que es verdad. Pero eso no lo vamos a saber nunca”.
La otra causa en su contra
Ricardo Ocampo fue acusado en otro caso en Catamarca por el que estuvo preso casi cuatro meses. Esa causa comenzó con una denuncia del 22 de abril de este año por un joven de 21 años que vivió en la comunidad de Meditazen con su madre durante casi cinco años. El joven declara que cuando tenía 14, en 2002, mantuvo las primeras relaciones sexuales con el imputado. Luego de eso señala que hasta los 20 años tendría contactos sexuales semanales con Ocampo.
En el expediente, el joven declara que “si bien ellas (las relaciones sexuales) fueron consentidas, en todo momento me sentí manipulado psicológicamente por él, aprovechando éste la situación de superioridad que tenía sobre mi, al ser él el maestro y yo el alumno”.
La causa estaba calificada como violación, pero la defensa de Ocampo planteó que al no haber habido oposición del chico, debía encuadrarse en el artículo 120 del Código Penal que habla de “aprovechamiento de inmadurez sexual”, que tiene una pena máxima de 6 años de cárcel. Por esa modificación, Ricardo Ocampo quedó excarcelado.
Clarín 20/09/09